Le Voyage dans la lune de Georges Méliès

En esta ocasión os presento El viaje a la Luna de Georges Méliès.

Un modo magnífico de acercarnos al primer cine: un arte que por entonces rompía el concepto estético de visualidad, para no dar vuelta atrás y cautivar a millones de espectadores en un plazo de dos décadas.

En este viaje hemos de partir desde el Desayuno del Bebé de los Hermanos Luimère ( 1896), pasando por las propias películas de Mèlies, hasta saltar el atlántico para enganchar al cine a los espectadores Estadounidenses de la mano del mafioso Thomas Alva Edison y su equipo de realizadores como Edwin S.Porter y su Salvamento de un incendio” que supondría el primer paso hacia el documental.

Poco después aparecían Chaplin, David W Griffith, Keaton y R.J.Flaherty creaba su documental Nanook el esquimal de 1922.

En el camino del precine, quedan muchos nombres, algunos olvidados como el del turolense Segundo de Chomón, que ya en 1905 había realizado films como ” La casa encantada”. Lo cierto es que sin los films de Méliès y su factoría, hubiera faltado un escalón narrativo y técnico difícil de solventar en la historia del cine y tal vez se hubiera relegado este “invento” al olvido, privándonos uno de los más grandes placeres de la vida: el CINE con mayúsculas.

El viaje a la Luna de Georges Méliès es una de las joyas del precine internacional, filmada en Francia durante 1902.

Aquí ofrecemos un metraje de 10’28 min, del total de 14 que mostraban los primeros pases del film, rodados todos con la técnica del paso de manivela.

En ella Méliès nos narra las aventuras de unos improvisados cosmonautas, a medio camino entre los magos medievales y los astrónomos del XIX, que deciden explorar la Luna y sus mágicas entrañas. Tras trazar el plan y realizar los preparativos, con desfile de despedida incluido, los astronautas consiguen aterrizar y pasar la noche en la corteza de la luna.

Al día siguiente, el grupo de astronautas provisto de sus “armas-paraguas” se interna en el núcleo de nuestro satélite y queda fascinado por la psicodélica naturaleza que lo conforma. Tras ser atacados por dos alienígenas lunares – los primeros que el cine nos mostraría- y eliminarnos con rapidez, son capturados por el grupo principal, mucho más numeroso, “violento” y mejor armado que los humanos.

Tras su captura, los humanos son llevados ante el monarca lunar, pero una nueva treta con el arma-paraguas consigue liberarlos en la propia plaza de armas de los alienígenas y huyen hacia la nave. Sin embargo los malignos seres lunares los persiguen hasta su cohete, y están a punto de ser capturados de nuevo.

Lo valioso del film, a parte de la fantástica estética que Mélies fraguó -a caballo entre la psicodelia, el mundo ilusionista de la magia y el circo, al que sumó un claro medievalismo- se debe leer en los avances técnicos y argumentativos que el director legó al cine posterior: un tímido pero mítico travelling de la cara lunar, y un “pre racord” que valdría para asentar las primeras bases de la narratividad líneal, estructura sobre la que se forjaría la cinematrografía de los siguientes cincuenta años.

Siempre se ha comentado la evidente relevancia de la literatura de su compatriota Jules Verne y sus obras como “60 Viajes extraordinarios” “Viaje al centro de la Tierra” y “De la Tierra a la Luna”, esta última publicada en 1865 y que lógicamente fueron devoradas diez años después por un Méliès adolescente.

Al margen de esta influencia, su pasión por el ilusionismo y su estética, que tan bien conocía como “Mago de Montreuil” dan a la cinta esa acción- con las desapariciones y transformaciones de personajes y objetos- que el resto de films anteriores no poseían y que consigue superar la rigidez de los intérpretes del pre-cine, que en este caso nos recuerda al vodevil francés e incluso al inminente slapstick de Keaton o Chaplin, ese niño prodigioso que actuaría 7 años después-1909- en el propio París de Méliès.

A todo ello, se suma el encanto del vivo contraste entre los blancos brillantes y los diferentes matices de negros, a los que hay que unir la adaptación sonora que aquí se ofrece -con música de orquesta a cargo de Erich Wolfgang Korngold y el oscarizado Laurence Rosenthal- y que intenta trasladarnos mentalmente a la platea del teatro Robert Houdin, donde literalmente alucinaban o alunizaban los espectadores franceses de 1906.

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